Palacio da Pena en Sintra

El Palacio da Pena es uno de los lugares más mágicos y curiosos de Portugal, un lugar que mezcla la historia con un poco de fantasía y, tal vez, una dosis de megalomanía de sus creadores.

El Palacio da Pena ya ha sido elegido por la European Best Destinations 2015 como el más bello «castillo» del Viejo Continente. Subiendo la montaña del Parque y el Palacio Nacional da Pena, en el corazón de la región de Sintra, en Portugal, es algo fascinante, una visita cuyo itinerario comienza en Lisboa, la capital del país y ciudad cercana, a partir de la cual, parten la gran mayoría de los visitantes y turistas.

El Palacio da Pena, en el corazón del parque del mismo nombre, se encuentra en la cima de la montaña más alta de la región. Para llegar hasta allí, los visitantes deben subir a la montaña, pasando por un camino que avanza bosque adentro, mientras se suben de manera vigorosa cientos de metros de colina.

¿Qué hacer en el Palacio da Pena?

En la parte superior, el visitante se ve ante una bifurcación de un lado que sigue hacia el llamado Castillo de los Moros, una imponente fortaleza de piedra medieval que divide las atenciones con el Palacio da Pena. Siguiendo hacia el otro lado, el turista camina algunos cientos de metros hasta llegar a las puertas del palacio.

Ya en la entrada, dos imponentes edificios muestran lo que el romántico Don Fernando II, creador del palacio, ha reservado a los visitantes: una mezcla sin fin de estilos y tendencias arquitectónicas, paredes amarillas, anaranjadas, moradas y de muchos otros colores. Quien ve el Palacio da Pena no puede adivinar que su historia es mucho más antigua de lo que su propio creador.

Antes de que se iniciara con la construcción del palacio, aún antes del Descubrimiento, para ser exactos, el escarpado fue ocupado y allí fue construida antes de 1500, una pequeña capilla en honor de Nuestra Señora de la Peña. Por siglos, la capilla fue reformada y terminó por convertirse en un hermoso convento de madera, posteriormente todo un edificio para la entonación de cánticos por los monjes. En el siglo XVIII, un desastre destruyó parte de la torre de la capilla, hasta la sacristía; y con el pasar del tiempo, los daños es fueron acentuando.

He aquí que, en 1838, el pobre convento, ya desgarrado por los males del tiempo, cayó en las gracias de Don Fernando II, uno de los mayores amantes de las artes que ha vivido entre la realeza portuguesa. Don Fernando no perdió el tiempo y decidió comprar el convento, aprovechando para obtener algunos de los hermosos bosques que rodeaban la montaña.

El barón alemán Von Eschwege, un arquitecto amateur, fue contratado para el servicio. ¿Su misión? Construir un palacio que no sólo agradara a la realeza portuguesa, sino que también contara con un gusto ecléctico y porque no, un poco excéntrico; algo que representaba a Don Fernando.

Tal vez por eso sea posible ver rasgos africanos, asiáticos, europeos de la Baja y Alta Edad Media, los patrones clásicos y también barrocos, además de algunas referencias a estilos muy específicos, como los azulejos sevillanos y algunos patrones persas en las ventanas y arcos; en resumen, en el Palacio da Pena podemos encontrar una amplia diversidad de estilos artísticos e influencias; pese a todo, combinando a la perfección.Los estilos se mezclan, el islámico con el renacentista, el manuelino con el neo-gótico, además de las referencias de la india, turcas y también mediterráneas – después de todo, el proyecto incluía la construcción de un palacio de verano.

Si a la entrada del Palacio da Pena, los turistas ya piensan que están entrando en un parque temático de la Era Moderna, el interior de la construcción, sólo les trae una certeza a este respecto. Caminando un poco hasta llegar a la parte principal del palacio, el visitante llega a un patio – el «Claustro». Rodeado de corredores y arcos por todos los lados; el cual es uno de los sitios más vistosos del Palacio, con sus azulejos moriscos, blancos y azulados.

En la planta inferior al claustro, se encuentra la Sala de la Cena y la Copa. Con paredes revestidas con azulejos, ya que en la sala se han mantenido algunas características del antiguo comedor de los monjes que vivían allí antes del palacio. Bóvedas de estilo manuelino, contrastan con los muebles de madera-de-ley que decoran el ambiente. Como era de esperar, la Sala de la Cena y la Copa, también cuenta con varias piezas de una de las colecciones del excéntrico Don Fernando II, de la vajilla y cerámica.

Continuando con el itinerario de la visita, los turistas pasan a través de los aposentos del Rey Don Carlos y de la Reina Amelia. También lleno de bóvedas del techo, el aposento del Rey Don Carlos es más «humilde», caracterizado por techos lisos, sin pintura y paredes en color azul oscuro, con cortinas rubras y de color amarillento. A pesar de los muchos objetos, la habitación es realmente menos trabajada que los aposentos de la Reina Amelia, que se encuentra forrada de detalles en el revestimiento de la pared, claro y brillante, con cortinas rosadas y muebles en colores para este tono; siendo, tal vez, una de las más hermosas decoraciones de todo el palacio.

Por su parte, la sala de estar cuenta con una decoración con un toque islámico, y una pintura muy interesante. Los arcos y las columnas fueron pintados en la parte posterior del recinto, en colores iguales a las del techo, haciendo que la habitación parezca, a lo lejos, tres o cuatro veces más grande de lo que realmente es.

Las salas de paso, que funcionan como ráfagas entre los aposentos principales, tienen decoraciones hermosas, pero ese no era su objetivo – el objetivo era claramente guardar las colecciones del artista-acumulador de Fernando II, ya que muchas de sus pertenencias aún están por allí.

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