Parque Nacional de Timanfaya

El paisaje volcánico es algo habitual en las Islas Canarias, pero en ningún lugar como en Timanfaya; el suyo, más que volcánico, parece lunar.

Durante los siglos XVIII y XIX, trescientos volcanes arrasaron unos doscientos kilómetros cuadrados y la vida que los poblaba. El paisaje volcánico se abría paso en Lanzarote y las islas Canarias de esta manera, pero en ningún lugar como en el Parque Nacional de Timanfaya.

El Padre Curbelo, párroco de Yaiza, dejó escrito cómo el 1 de Septiembre de 1730, entre las 9 y las 10 de la noche, se escuchó un estruendo sordo y desgarrador que sacudió el pueblo hasta los cimientos. La tierra se abría en profundas grietas desde las que se elevaban columnas de fuego de varios cientos de metros, denso humo color de azufre, cenizas y terribles lenguas de lava.

El paisaje de Timanfaya parece lunar

El paisaje de Timanfaya parece lunar

Las erupciones continuaron hasta comienzos de 1732 en que los habitantes de la isla hubieron de abandonarla para refugiarse en la isla de Gran Canaria. En unos días, treinta nuevos cráteres produjeron una capa de lava de diez metros de espesor que sepultó once pueblos. El paisaje de la isla fue literalmente destruido, y los valles de cultivo de las Vegas de Timanfaya y Los Miraderos fueron sustituidos por mares de lava y ceniza. La isla había aumentado su superficie en una tercera parte.

Todavía entre julio y septiembre de 1824 se abrieron tres nuevos cráteres y su lava se superpuso a la que recientemente había conquistado al mar parte de su terreno. Todas estas erupciones nunca produjeron víctimas humanas porque los volcanes en las Islas Canarias han tenido siempre el detalle de avisar con tiempo de sus intenciones.

Desde entonces sus habitantes han tenido que aprender a convivir con este paisaje, hermoso por su desolación, hasta conseguir cultivar en secano melones, cebollas, tomates e incluso viñas en las sucesiones de pequeños cráteres que llaman Geria.

Más que adaptación, lo de estas gentes es auténtica simbiosis con el agreste paraje; es respeto y admiración expresados y materializados por el poeta, arquitecto y decorador César Manrique, oriundo de estas piedras áridas y autor de hermosos paisajes que potencian esa naturaleza muerta.

Parque Nacional de España desde 1974 y Reserva de la Biosfera de la UNESCO desde 1993, Timanfaya es la tierra de los volcanes y en su desolación uno de los parajes más hermosos de España y hasta del mundo. No en vano está considerado uno de los siete paraísos vírgenes del planeta.

Casi coincidiendo con la línea de fractura original que formó la isla en el cuaternario, más de veinticinco cráteres se alinean al este del parque agrupando los más importantes entre la Montaña de Timanfaya y Montaña Rajada.

Turistas en el parque nacional de Timanfaya

Turistas en el parque nacional de Timanfaya

Timanfaya, roca volcánica

Desde el centro de recepción del parque sale un autobús cada quince minutos que sigue un recorrido preparado por el parque, pero la forma más natural y hasta romántica de viajar en Timanfaya es en camello. Sin embargo, es también la forma más turística, así que no será raro verse inmerso en un nutrido grupo deseoso de incorporar algo de «aventura» a su equipaje.

El recorrido atraviesa un mar de lava petrificada para llegar a la Montaña de Fuego. El nombre no podría ser más adecuado para un volcán activo que muestra su fuego por las grietas abiertas en la ladera y en las que a pocos centímetros la temperatura alcanza los 400 ºC. El Parque muestra también cuevas formadas por las burbujas de aire, formas extrañas moldeadas por la lava y grandes cráteres no activos.

El Parque ha sido clasificado en cuatro zonas: de Reserva con acceso cerrado al público, de uso Restringido en la que es preciso solicitar permiso y no salirse de los senderos, de uso Moderado en que se permite el acceso con vehículos y la zona de uso Especial destinada a los servicios del Parque.

Casi coincidiendo con la línea de fractura original que formó la isla en el cuaternario, más de veinticinco cráteres se alinean al este del parque agrupando los más importantes entre la Montaña de Timanfaya y Montaña Rajada.

Algunos emplazamientos más elevados quedaron a salvo de las erupciones y ahora son llamados islotes. En ellos se ha refugiado la vida animal y vegetal, como el Aeonium y asociaciones de tabaiba dulce y verode. La aulaga majorera, planta espinosa muy abundante, la Tabaiba salvaje, venenosa, tedera, salvia de risco, hierba de risco, tomillo y tarajal son otras de las especies presentes al igual que la llamada bobo, una planta sudamericana introducida el siglo pasado capaz de colonizar el terreno más desértico.

Sin embargo son los líquenes la especie vegetal más característica de la zona y la mejor adaptada, ya que prospera con las lluvias para aletargarse de nuevo durante las largas sequías. Se han inventariado doscientas especies de líquenes, así como cinco algas y unos quince musgos.

Horno asador o vulkan grill Timanfaya

Horno asador o vulkan grill Timanfaya

En este paisaje de desolación la fauna parece del todo inexistente, pero aún sobrevive con su tenacidad para la vida. Así, el lagarto de Haría, el perenquén rugoso o majorero, el guirre o alimoche, la pardela cenicienta, ave marina que habita los acantilados, y la hubara canaria, una especie endémica que sólo se encuentra en Lanzarote y Fuerteventura y de la que apenas queda un centenar de individuos. También se encuentran el cuervo, el cernícalo común y la paloma. La introducción del conejo supone un grave riesgo para el ecosistema de la Montaña de Fuego.

La actividad en todo Lanzarote es casi únicamente turística. La pesca es el recurso natural más preciado y la agricultura genera algunos productos básicos en cantidades muy insuficientes. El mayor problema lo constituye la escasez de agua, pero ni siquiera algo tan básico como eso ha podido hasta hoy vencer la tenacidad de los habitantes de estas rocas volcánicas.

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